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El desorden ya tiene números

Otra interpretación.

Alex··5 min lectura

Ya salieron los números, y los agoreros están de fiesta.

Dos años de cantinela «esto va a ser un infierno de mantener». Intuición y cero datos. Pues ya los tenemos, y no pintan bien. El % de código escrito por IA sube, 41% del código nuevo* lo pica ya la máquina. Un análisis de más de ocho millones de PRs* encontró importantes cuellos de botella tras la adopción, mientras otro estudio* observó 1,7 veces más incidencias en PRs escritos con IA. La deuda técnica sube un tercio* el año siguiente a adoptar la herramienta en los equipos. Y hasta Gartner*, que vive de vender futuro, pronostica que cuatro de cada diez proyectos con agentes acabarán cancelados para finales de 2027. Hasta le pusieron nombre bonito al agujero: deuda de comprensión. Código que corre, que nadie entiende del todo, escrito más rápido de lo que un cristiano lo alcanza a leer.

Y aquí viene lo incómodo, lo que no te dirá ninguno de los dos bandos: los números son verdad. El desorden es real. Lo siento en mis carnes a diario. Lo dije en su día y lo repito. Pero tampoco creas a vendedores de crecepelo que juran que todo va fino.

Lo que pasa es que creo esta película ya la vi. Con el mismo reparto.

Pónganse en octubre de 1968. En Garmisch*, un pueblo de los Alpes bávaros, la OTAN juntó a unos cuarenta tipos que sabían de ordenadores a lidiar con un problema que los tenía blancos. Los programas habían crecido tanto y tan deprisa que ya nadie los entendía enteros. Se caían. Costaban una fortuna. (...¿Te suena verdad? parece un flashback) Se entregaban tarde y mal. De aquella reunión salió un término que hizo carrera: la crisis del software. No una crisis pasajera, ojo. Una crisis con mayúsculas, de las de «esto no hay quien lo gobierne».

Acertaron en los síntomas pero fallaron en el pronóstico. Porque nadie tiró el ordenador por la ventana. Pasó lo contrario: aquel desorden se puso a fabricar sus propios remedios, y salieron a puñados.

Ese mismo año, un holandés callado llamado Dijkstra publicaba una carta de tres páginas cargándose el *goto*, y con ella la programación estructurada. En el 76, un tal Michael Fagan*, en IBM, convirtió el mirar el código de otro en un método con nombre y hoja de ruta: la inspección formal. Y en el 77, en los laboratorios Bell, alguien harto de que el compilador de C dejara colar cualquier chapuza escribió un programita para cazarlas antes de que mordieran. Lo llamó lint*).

¿Y qué no te enseña esa gráfica de la deuda? Lo de siempre: la herramienta que viene detrás del incendio. Al compilador no lo jubiló nadie; se le fue rodeando de herramientas hasta domarlo. El linter, el analizador, el test que salta solo: todo eso nació para tapar el mismo hueco, el que abre escribir más rápido de lo que se lee. Porque de eso va la deuda de comprensión, de un desfase. La máquina corre y el que la mira va detrás, resoplando. Y un desfase no se cura frenando al que corre. Se cura armando al que lee.

Y aquí está lo que a los agoreros se les escapa: al que lee le vamos a poner el mismo motor que al que escribe. La misma IA que suelta el código a borbotones es la que va a leerlo, revisarlo y auditarlo a la velocidad a la que se genera. Solo que todavía es pronto. Esas herramientas todavía están verdes, falta por hacer la mitad, y por eso justo ahora se ven los números feos. Es el rato incómodo de siempre, el que va entre el problema y la caja de herramientas que lo resuelve.

Así que cuando alguien te enseñe la curva de la deuda técnica con cara de funeral, no le lleves la contraria con optimismo de vendedor. Dale la razón en los síntomas, como en Garmisch. Y después pregúntale por las herramientas que todavía no terminamos de construir. Porque el oficio jamás resolvió sus desórdenes tirando lo que los causaba. Los resolvió picando la herramienta siguiente. Tú qué opinas?