Just a hobby
El boom del software a medida — tercera parte
Siempre sale el mismo. El que duda, el sensato, el que se cruza de brazos y suelta la pregunta con cara de estar inventándola. ¿Y quién va a mantener todo eso? Millones de personas sin oficio picando millones de aplicaciones, parches sobre parches, agujeros de seguridad por todas partes. Un caos. Lo dice convencido de que ahí tiene la grieta por donde se hunde el barco.
Mala noticia: la pregunta tiene setenta años y siempre perdió.
Cuando apareció FORTRAN, los que picaban en ensamblador se rieron en su cara. Código generado por una máquina, decían, hinchado, lento, imposible de mantener, eso no es programar, eso es perder el control del cacharro. Cuando llegó C, lo mismo. Con Python, otra vez. Cada escalón de abstracción nació insultado por el escalón de abajo, acusado siempre de lo mismo, de traer el desorden y la chapuza. ¿Y sabes qué? Hoy nadie, ni el más purista, lee el ensamblador que escupe su compilador. Nadie. Esa capa se tragó toda la complejidad de abajo y la enterró para siempre.
La IA es el siguiente escalón. El prompt es el nuevo código fuente, y lo que genera es el ensamblador que ya no vas a leer. Nada nuevo bajo el sol, solo un peldaño más de la misma escalera que subimos desde los años cincuenta.
Y si no te vale la analogía, te doy un caso real. El mejor de todos.
En 1991 un estudiante finlandés se compró un 386. Tenía a mano un compilador libre, el GCC, que Stallman y la gente de GNU llevaban años regalando al mundo junto con casi todo lo demás. Casi, porque les faltaba la pieza del centro, el núcleo del sistema. Y aquel muchacho, harto de las limitaciones de un sistema operativo de juguete que su autor se negaba a hacer crecer, se puso a picar el suyo. En su cuarto. Por gusto. Lo compiló con GCC y lo soltó a la red con una nota que daba ternura*: «I'm doing a (free) operating system (just a hobby, won't be big and professional like gnu)».
Just a hobby. No será grande. Eso escribió Linus Torvalds del núcleo que hoy mueve medio internet, la mayoría de los móviles del planeta y casi todos los servidores que te sirven esto que lees.
Y el sacerdocio, claro, reaccionó como reacciona siempre. Un catedrático de prestigio le explicó por carta abierta* que su diseño era obsoleto, amateur, que estaba todo mal. «Linux is obsolete», con esas letras. El experto tenía sus razones técnicas, no era tonto. Pero miraba el dedo. Lo que no vio, y creo que es lo que nunca ve el que defiende la torre, es que la herramienta ya estaba en la calle, gratis, y que cuando eso pasa el oficio deja de ser un privilegio y se vuelve un sábado por la tarde.
Lo del caos de la seguridad tiene la respuesta en tu bolsillo. Ahora mismo llevas ahí cuarenta aplicaciones hechas por gente que no conoces de nada, y no pasa nada. ¿Por qué? Porque el teléfono encierra cada una en su celda: no puede leer lo de la de al lado, no toca la cámara ni el micrófono sin pedírtelo a la cara. Es el sandbox, y nadie te pidió un examen para instalarlo. La seguridad no la pusieron en el usuario, la metieron debajo. No se aprende: se hereda del suelo que pisas.
Lo escribí en las dos entradas anteriores y aquí lo cierro. Primero fue el boom del software a medida. Después, la era del software personal, cuando el coste de crear se desploma y, lejos de fabricar menos, fabricamos más, mucho más. Y este es el final del cuento, o el siguiente capítulo, y las pegas que le ponen son las pegas de siempre, las mismas que le pusieron al compilador, a Linux. El desorden del que te avisan es real. Pero da igual, porque siempre se lo tragó el siguiente escalón.
Estoy convencido de que la IA es el compilador de esta época. Así que la próxima vez que oigas a alguien preguntar quién va a mantener semejante desbarajuste, acuérdate del finlandés del 386.