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El software como oficio de obra

La construcción es el mejor espejo de lo que viene. Hasta que deja de serlo.

Alex··7 min lectura

Nadie que levanta una casa funde su propio aluminio. Tampoco fragua el hormigón en el jardín, ni se cablea la alarma, ni se cose las tuberías. Elige de catálogo, compara certificados, regatea el precio contra las prestaciones y contrata a quien sabe montar todo eso sin que se le venga abajo. Cuanto más grande y más delicado es el edificio, más manos distintas entran: arquitecto, aparejador, el de las instalaciones, el de incendios, el inspector.

Pues esa es, cada vez más, la forma del software. Y la IA no la contradice: la acelera.

El programador que lo picaba todo desde cero murió hace tiempo, aunque nadie le puso esquela. Nadie escribe ya su propio cifrado, ni su motor de plantillas, ni su sistema de contraseñas. npm, PyPI, Maven: catálogos de proveedores, con ese nombre y esa función. Un proyecto cualquiera ensambla varios cientos de piezas fabricadas por otros, casi todas por desconocidos, casi todas gratis. Lo que hace la IA no es fabricar materiales nuevos. Es hundir el precio del montaje. La partida que se desploma no es el ladrillo: es la mano que lo coloca. Y cuando en un oficio se desploma el coste de ejecutar, todo lo demás se recoloca a su alrededor.

Se dice que la IA convierte a cualquiera en programador. Es una descripción pobre. Lo que hace es ponerte en la mano un contratista infinitamente barato. Y tú, delante de él, no eres el albañil ni el arquitecto. Eres el promotor.

El promotor tiene una pega incómoda: puede encargar lo que le dé la gana, pero lo que reciba vale exactamente lo que valgan las dos cosas que no puede delegar. Saber qué pedir. Y saber si lo que le traen se sostiene en pie. Sin esas dos, un contratista barato no es una ventaja: es una manera rápida y económica de construir algo caro e inservible.

Por eso el cuello de botella se muda de sitio. Antes escaseaba la mano de obra, escribir el código; ahora escasea el criterio. La IA no es un suelo que nos sube a todos por igual. Es un multiplicador. Sobre buen criterio, apalanca. Sobre criterio malo, te deja equivocarte más rápido y con un README impecable. Así que la distancia entre el que sabe y el que no, en vez de cerrarse, se abre. Justo lo contrario de lo que prometía el folleto de la democratización.

Y aquí conviene frenar, porque toda comparación buena tiene un límite, y este lo tiene en un sitio que lo explica casi todo. En la obra manda la gravedad. Lo mal calculado se cae, y se cae pronto, y se ve caer: la física te hace un test de integración implacable el mismo día. En el software no hay gravedad. Una arquitectura pésima puede sostenerse cinco años y facturar de maravilla mientras tanto, y el coste llega después, difuso, apuntado en el presupuesto de otro y probablemente de otro equipo.

Ahí está el quid de todo. La construcción se hizo un oficio serio porque sus errores mataban gente de forma visible y con nombre y apellidos. El software no llegó a serlo del todo porque los suyos casi nunca se ven ni se le pueden achacar a nadie, por enorme que sea la factura sumada.

Y por eso mismo, con el código que la IA escribe hoy, toca ser honesto: es demasiado pronto para sentenciar. Lleva un año en pie, dos a lo sumo, y su factura de verdad, la que en el software siempre llega tarde, aún no venció. Yo no cantaría victoria todavía. Quiero ver ese código dentro de cinco años, después de unas cuantas migraciones y con el que sabía cómo iba ya en otra empresa.

Y encima la casa se termina y el software no. Un edificio se degrada despacio y con educación: la física del hormigón no saca versión nueva cada temporada. El software se pudre porque cambia lo de alrededor: una dependencia que rompe, un agujero que aparece, una API que cierra, un sistema que deja de dar soporte. Es una casa levantada en una ciudad donde revisan las leyes de la física cada seis meses. El mantenimiento no es una partida pequeña del presupuesto: es la partida, y no se acaba nunca.

¿Y qué haces cuando el cliente te pide subir la cocina a la tercera planta con el hormigón ya fraguado? En la obra, lo mandas a paseo. En software se pide cada martes, y con razón: es un rasgo, no un defecto. El cliente descubre lo que necesita justo cuando ve funcionando lo que pidió. La IA abarata todavía más ese cambio. O sea que empuja el oficio lejos del proyecto cerrado, no hacia él. Quien intente meter la disciplina del plano firmado sin entender esto repetirá, calcado, el fracaso de la vieja cascada.

Y una más, la que le quita el sueño a cualquiera que mire de cerca. Un lote de vigas defectuoso fastidia a las obras que lo compraron. Un fallo en una librería muy usada revienta todos los edificios del planeta a la vez. Log4Shell, la puerta trasera de xz. La construcción tiene una redundancia que la salva, porque nadie transporta hormigón mil kilómetros; el software tira a lo contrario, al monocultivo, un mismo cimiento debajo de medio mundo, sostenido con frecuencia por dos voluntarios que no cobran un duro.

¿Y quién gana con todo esto? El que verifica. Cuando picar el código sale casi gratis, me da que el trabajo de verdad empieza después: demostrar que aquello sirve y que no revienta cuando nadie mira. Revisar lo que escribió otro y buscarle la prueba que lo rompe deja de ser faena de segunda fila. También toca rastrear de dónde salió cada pieza. Es el aparejador, el que certifica que lo construido se parece a lo proyectado, y sube al centro de la obra. Es, exactamente, donde te dejé la última vez: armar al que lee.

Y sube el arquitecto, más de lo que parece, aunque con un matiz del oficio. En software la arquitectura casi nunca se diseña bien de antemano: se descubre construyendo. Así que el arquitecto que vale no es el que firma un plano completo. Es el que sabe cuándo demoler: cuándo lo que funciona dejó de ser la forma correcta y hay que rehacerlo antes de que el coste se vuelva estructural. Es otra habilidad, difícil de enseñar y bastante escasa.

Queda una duda floja: si la IA genera código a medida, ¿para qué seguir tirando de piezas de terceros? Pues porque el valor de una dependencia nunca fue el código. Fue el mantenimiento compartido y la confianza auditada. Un ladrillo certificado vale más que uno idéntico sin certificar, y el open source que viene competirá en fiabilidad y trazabilidad, no en funcionalidad.

(Hay, además, un peldaño que estamos serrando sin darnos cuenta: el del aprendiz, el junior que se hacía picando el trabajo aburrido que ahora hace la máquina. Pero eso da para su propia historia, y se la debo para otro día.)

Falta lo más importante, y no es tecnología. La construcción no se volvió un oficio serio solo por aprender a calcular vigas: necesitó seguros, inspectores, normas de obligado cumplimiento según el riesgo y, sobre todo, un nombre al que señalar cuando la viga caía. El software nunca tuvo nada de eso. Todas las licencias, desde la MIT hasta el contrato de un ERP de siete cifras, llevan la misma cláusula en mayúsculas: AS IS. Tal cual. Sin garantía. Sin responsabilidad. La industria más crítica de la economía moderna se levantó diciendo que, si aquello ardía, la culpa no era de nadie. En mayúsculas, eso sí.

Y empieza a agrietarse, no porque al gremio le entrara la conciencia de golpe, sino porque el reglamento europeo de ciberresiliencia obliga al fabricante a dar la cara. Con la obligación llega la lista de materiales: el certificado del lote de hormigón, trasladado al software. Marcado CE para el código. Lo que empezó siendo una metáfora cómoda se está volviendo literal por la vía del boletín oficial.

Porque cuando el peón que colocó el ladrillo es un modelo estadístico, la pregunta de quién responde deja de tragarse la respuesta que la industria lleva cincuenta años dando en mayúsculas. La gravedad que a la obra le puso la física, al software se la empieza a poner la ley. Y creo que ya pillas quién va a tener que firmar. Ya iba tocando.