¿Qué queda cuando pensar es gratis?
La inteligencia sin sentido.
Empecemos por rendirnos. La inteligencia es gratis. O casi ya: pensar, que durante toda la historia fue lo caro, lo raro, lo que separaba a unos de otros, hoy sale de un grifo y cuesta como el agua.
Los números no dejan mucho sitio a la discusión. En la Arena*, donde se los puntúa a ciegas, los cuatro de cabeza (Anthropic, Google, OpenAI, xAI) caben en veinticinco puntos en una escala de mil quinientos. El examen con el que medimos a los modelos parece converger.
El precio de una respuesta de calidad cayó mil veces en tres años. El consejero delegado de Intuit, Sasan Goodarzi, lo dijo sin anestesia: los modelos de lenguaje son un commodity. Una materia prima. Agua embotellada, y cada vez más barata.
Y sin embargo. Si la inteligencia es el agua, hay una sed que no se sacia, y llevo un tiempo dándole vueltas a cuál es.
Porque una cosa es tener la respuesta y otra saber si es buena, o cuánto de buena. Y eso segundo, que parece lo mismo, no lo es en absoluto. No está en la cabeza.
Mira la fotografía. En 1888, Kodak sacó una cámara con un eslogan que lo cambió todo: "usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto". Disparar dejó de ser un oficio de químicos y se volvió un gesto. Hoy llevas en el bolsillo una cámara que hace lo que un laboratorio entero no podía hace cuarenta años. Y disparas mil veces sin pensarlo. Apretar el botón es gratis e infinito. ¿Y qué fue del fotógrafo? Que no desapareció. Porque su oficio nunca fue apretar el botón. Era el ojo. Saber dónde ponerse, qué dejar fuera, cuál de diez mil disparos es *la foto* y cuáles son ruido. Todo el mundo tiene cámara. ¿Cuántos tienen ese ojo? Y voy más allá, hay distintos grados de genialidad en él. Los simplemente buenos, por encima de la media, y todos los grados hasta los mejores.
Con la música, igual. El estudio en casa primero, y ahora la máquina, hacen temas a paladas; nunca fue tan barato fabricar un sonido, y nunca sobró tanto. Lo escaso es el oído: saber, en el diluvio, qué merece sonar. Con la cocina, lo mismo, y más viejo. La receta siempre fue gratis, y hoy es infinita; pídele mil a la máquina. Pero la receta nunca fue lo difícil. Lo difícil es el punto de sal, el momento exacto, la nariz que sabe antes que el reloj. Y con las manos, con la madera y el barro: la máquina corta la forma perfecta, pero no siente cuándo está bien. El luthier lo sabe por el tacto, en la yema, en un sitio que no sabría explicarte.
Cuatro oficios, la misma ley cada vez. Cuando hacer cayó a cero, lo que sobrevivió, y encima subió de precio, fue un sentido. El ojo, el oído, el paladar, la mano, el criterio.
Hasta el dinero llegó a esta orilla. Sonya Huang, de Sequoia, una de las firmas que reparte el capital de medio Silicon Valley, bautizó el año pasado esto como la "era de la abundancia": cuando el trabajo, el humano y el de la máquina, se vuelve infinito y gratis, lo único que se aprecia es el gusto. El taste. Y tienen toda la razón. Solo que lo dijeron en idioma de negocio, y el gusto no es de negocio. Taste es una lengua. Un sentido. Lo nombraron en la sala de juntas, pero siempre fue del cuerpo.
Y aquí es a donde quería llegar, porque el gusto es solo la superficie. Debajo de los cuatro sentidos hay un quinto que no tiene nombre. Las tripas. Esa corazonada que sabe que algo está torcido antes de que puedas decir por qué. El médico veterano que mira al enfermo y se le tuerce el gesto sin tener aún la prueba. Hace sesenta años, un filósofo llamado Michael Polanyi lo dejó en una frase que no consigo olvidar: sabemos más de lo que podemos contar.
Ese saber que no cabe en palabras es el poso de lo que somos: de cada cosa que viviste. Un conocimiento que aún no sabemos explicar, y puede que no del todo nunca.
Y creo que ahí está la raya que la máquina no cruza, por lista que se ponga. Porque la inteligencia artificial es, exactamente, inteligencia que nunca fue un cuerpo. No tiene sentidos, y debajo no tiene tripas, porque no tuvo genes, ni ancestros, ni una infancia, ni una cicatriz, ni una sola noche en vela que le dejara marca. Tiene todo el saber del mundo y nada del saber que se cuece en la carne. Piensa. Pero no vivió.
La máquina no tiene tu ojo, ni tu oído, ni tu paladar, ni tus manos, ni tu criterio. No tiene tus tripas. La máquina piensa. Nosotros sabemos. No es lo mismo, y me da que no lo será, y esa será tu mejor herramienta.