El boom del software a medida
La IA y el regreso del oficio
La IA acabará con la programación. El SaaS está muerto. Nos reemplazarán a todos. Llevo meses, incluso años, leyendo la misma cantinela, casi siempre firmada por gente que jamás escribió una línea de código ni pisó la trastienda de una empresa a las ocho de la mañana, cuando el ERP no arranca y hay que facturar igual. Y no. Oigan: no me parece que vaya a ser así.
Creo que la IA no va a matar el software. Creo que va a transformarlo de arriba abajo, desde cómo se construye, cómo se vende hasta dónde vive, y de paso, va a devolvernos algo que perdimos por el camino, el oficio. Hoy dia, con un túnel de Cloudflare y cuatro cacharros, el datacenter de toda la vida vuelve a tener sentido. La nube centralizada empieza a soltar lastre. Y el software genérico, ese que se cosió para miles y no le queda bien a casi nadie, le va a ceder el sitio al software a medida.
Déjenme empezar por una idea que lleva dos décadas pululando en esta industria en voz baja, tan metida en cómo trabajamos que ya casi no la vemos. A mí me enseñaron a abstraer. A generalizar, a cazar el patrón, a construir la pieza que resuelve el problema de muchos a la vez. Sonaba a virtud. Era, sobre todo, la cuenta de la vieja.
La cosa parece de cajón. La empresa tiene un problema y compra software. Que hay que gestionar clientes, un CRM. Que los procesos internos son un caos, un ERP. Que el soporte va lento, una plataforma. Tan obvio que nadie se para a mirar lo que pasa justo después. Y justo después empieza una negociación silenciosa. No entre la empresa y el proveedor: entre la empresa y ella misma.
Porque el software promete resolverte un problema, sí, pero te pasa una factura que no viene en el presupuesto: aprende a funcionar como yo espero que funciones. Lo bautizamos con nombres de catálogo —implantación, transformación digital, integración—, pero por debajo el trato siempre fue el mismo. Durante décadas, la empresa se adaptó al software muchísimo más de lo que el software se adaptó a la empresa.
El CRM trae su lógica comercial, y ventas se contorsiona para encajar en ella. El ERP da por hechos ciertos procesos, y operaciones reordena sus flujos alrededor de la máquina. La herramienta de reservas asume una manera de tratar al cliente, y el negocio acaba tratándolo así, aunque lleve cuarenta años haciéndolo de otro modo que funcionaba.
Hay un viejo mito griego que le viene que ni pintado. Procusto tenía una cama de hierro y una hospitalidad peculiar: al huésped que no medía exactamente lo que la cama, lo estiraba a tirones o le serraba lo que sobrara. El software empresarial fue, durante veinte años, como la cama de Procusto. Y nosotros, los ingenieros, los herreros que la forjamos. La empresa entraba entera y salía a la medida del catre.
Y lo peor es que tuvo sentido. Durante mucho tiempo, todo el sentido del mundo. Construir software era caro de un modo que hoy cuesta recordar: años de trabajo, equipos caros, infraestructura pesada, ciclos eternos. Este gremio levantó una liturgia entera para exprimir el conocimiento de la gente y embotarlo en procesos repetibles. Y de esa carestía salía una conclusión de hierro, como la cama: si fabricar software cuesta una fortuna, ese software tiene que servir para muchos. Para miles.
Y así nació el SaaS y con él toda una época. Un mismo producto, miles de empresas, todas firmando la misma renuncia con la boca pequeña: esto no está hecho para mí, pero es lo que hay. Nos acostumbramos tanto al apaño que dejamos de discutirlo. Florecieron industrias enteras para ayudarnos a tragarlo —consultoras, integradores, implantadores, expertos en configuración—, gente cuyo oficio consistía, mírenlo bien, en enseñar a las empresas a parecerse a su software. Visto con un palmo de distancia, es una idea rarísima. Dejamos que la herramienta dictara cómo debía operar la organización. No al revés.
Y aquí es donde la cama empieza a crujir.
Por primera vez en mucho tiempo, construir software está dejando de ser caro. No hablo de servidores ni de nubes; eso ya se abarató hace años. Hablo del acto en sí: traducir una necesidad concreta en código que funciona. Eso, que era lo caro de verdad, lo que justificaba toda la liturgia, es justo lo que la IA está tirando de precio. Y cuando cae el coste de fabricar, se caen con él todas las cuentas de la vieja que ordenaban la industria.
Conque la pregunta cambia. Durante décadas, el software genérico no fue una elección estética: fue una necesidad económica, porque hacer un traje a medida para cada negocio era un lujo impensable. ¿Y si deja de serlo? ¿Qué pasa el día en que podamos permitirnos coser, otra vez, a la medida exacta de cada cuerpo?
Porque no hay dos empresas iguales, por mucho que de lejos se parezcan. Obsérvela el tiempo suficiente, da igual que sea el bar de la esquina o una multinacional, y verá asomar algo: una personalidad operativa, un idioma interno, manías que nadie escribió nunca, excepciones, decisiones que sobre el papel son un disparate y que, sin embargo, llevan veinte años funcionando de maravilla. Todo eso que hace que esa empresa sea esa empresa y no otra. Su huella. Su seña de identidad.
El software trató siempre esas rarezas como lo que un ingeniero entiende por defecto: fricción. Inconsistencia. Ruido que estandarizar. Me costó años entenderlo, pero esas manías casi nunca eran ineficiencias. Eran el negocio. Su forma concreta de existir, su artesanía interna, su firma. Y nos pasamos dos décadas serrándola para que cupiera en la cama.
Le dimos la vuelta al premio, además. El software recompensaba a quien se parecía a los demás: cuanto más encajaba tu negocio en el molde, mejor te iba la tecnología. Ese trato se acabó. Ahora es posible capturar matices, aprenderse las excepciones, retener lo que tiene de único un sitio y amoldarse a ello. Y lo que antes te impedía automatizar —tus rarezas— se está convirtiendo en lo contrario: en ventaja, en identidad operativa.
No entierren todavía el SaaS, que no toca. Lo que se muere es la coartada. Creo que vamos a ver la mayor explosión de software de la historia, pero será otro bicho diferente. Seguirá habiendo producto genérico para lo que es genérico de verdad, porque nadie va a coserse a mano su propio correo. Lo nuevo es que, al lado, habrá sitio de sobra para software cercano, pequeño, hecho a la medida de las particularidades que hacen único a cada negocio. El traje del sastre, no el de estantería.
Y entonces, por primera vez en la cortísima historia de esta industria, la tecnología dejará de pedirnos que nos limemos los huesos para caber en ella, y hará lo de un buen sastre: tomar medidas, mirar cómo nos movemos, coser alrededor. Y cada sastre tendrá la posibilidad de dejar su propio sello, abriendo el abanico de posibilidades del usuario final.
En autarqui.co estamos metidos hasta los codos en esa mudanza. No buscamos un futuro donde todas las empresas se parezcan un poco más entre sí; defendemos lo contrario. Software que conserve la rareza útil de cada casa —esa manía que no sale en ningún organigrama y que, sin embargo, paga las nóminas a fin de mes— y que de paso la haga más productiva y más dueña de sí misma.
Durante demasiado tiempo, el software nos cobró el mismo peaje: cámbiate tú, que yo no pienso cambiar. Ese peaje deja de pagarse. Es hora de fundir la cama de Procusto. Y con ese hierro, ya que estamos, le cosemos un traje a medida.