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El boom del software a medida

La IA como mecanismo para la artesanía de software

Alex··12 min lectura

Leo constantemente que la IA acabará con la programación. Que el SaaS está muerto. Que los desarrolladores seremos reemplazados. Yo opino diferente. Creo que la IA no va a terminar con la industria del software, pero sí la va a transformar radicalmente. Creo que esta transformación irá desde cómo se construye hasta cómo se distribuye. Con herramientas como Cloudflare Tunnels, el datacenter local vuelve a tener sentido. La nube centralizada empieza a ceder espacio a la descentralización. Y el software genérico, diseñado para miles, dará paso al software a medida.

Hay una idea curiosa que ha definido silenciosamente la industria del software durante los últimos veinte años, o incluso desde antes. Me enseñaron a abstraer y generalizar, a descubrir patrones para crear software que resuelve los problemas de muchos. Esta idea está tan integrada en nuestra manera de trabajar que casi hemos dejado de verla.

La idea es sencilla. Cuando una empresa tiene un problema operativo, busca software. Si necesita gestionar clientes, instala un CRM. Si necesita organizar procesos internos, implementa un ERP. Si quiere mejorar la relación con sus clientes, contrata una plataforma de soporte. Si necesita gestionar reservas, adopta un sistema especializado.

Parece obvio. Tanto que, de hecho, rara vez nos detenemos a pensar en lo que ocurre inmediatamente después. Porque en ese momento empieza una negociación silenciosa. No entre la empresa y el proveedor. Entre la empresa y sí misma.

El software promete resolver un problema, pero a cambio exige algo, una contrapartida. Que la empresa aprenda a funcionar como el software espera que funcione. Le hemos puesto distintos nombres: implantación, transformación digital, integración. Pero la realidad es bastante más simple. Durante décadas, las empresas han tenido que adaptarse al software mucho más de lo que el software se ha adaptado a ellas.

El CRM viene con una determinada lógica comercial, así que el equipo de ventas modifica su manera de trabajar. El ERP espera ciertos procesos internos, así que operaciones reorganiza sus flujos alrededor del sistema. La herramienta de reservas asume una determinada forma de relacionarse con el cliente, así que el negocio termina ajustándose a esas reglas.

Y poco a poco algo extraño sucede. La empresa empieza a parecerse cada vez más al software que utiliza. Y lo peor es que durante mucho tiempo esto tuvo sentido.

Porque construir software era caro, extremadamente caro. Desarrollar un producto requería años de trabajo, equipos especializados, infraestructura compleja y ciclos largos de desarrollo. Mi industria creó procesos para extraer y estandarizar conocimiento y formalizar procesos. La economía del sector obligaba a una conclusión evidente: dado que desarrollar software era costoso, ese software debía servir para muchas empresas al mismo tiempo.

Había que construir productos genéricos, productos suficientemente flexibles para miles de clientes distintos, y eso dio lugar a toda una era, la del SaaS. Un mismo producto, miles de empresas. Todas aceptando, en mayor o menor medida, una renuncia silenciosa: que el software no estaba realmente construido para ellas.

Con el tiempo nos acostumbramos tanto a este compromiso que dejamos de cuestionarlo. De hecho, aparecieron industrias enteras dedicadas a ayudarnos a aceptar esa realidad: desde consultoras especializadas a integradores e implantadores. Expertos en configuración. Profesionales enteros dedicados a ayudar a las empresas a moldearse alrededor de sistemas genéricos.

Y visto con cierta distancia, resulta una idea bastante extraña. Aceptamos que la tecnología definiera cómo debían operar las organizaciones. No al revés.

Pero últimamente tengo la sensación de que estamos empezando a abandonar esa lógica, porque algo fundamental está cambiando. Por primera vez en la historia reciente, construir software empieza a dejar de ser caro. No hablo de servidores, ni infraestructura, ni de nubes. Hablo del propio acto de traducir una necesidad concreta en software funcional.

La inteligencia artificial está reduciendo drásticamente el coste de construir software. Y este hecho, desde mi punto de vista, cambia también todas las decisiones económicas que habían definido la industria hasta ahora.

Durante décadas, el software genérico era una necesidad económica porque era demasiado caro construir soluciones específicas para cada negocio. ¿Qué ocurrirá cuando podamos permitirnos construir software verdaderamente adaptado a cómo funciona cada organización?

Porque ninguna empresa es realmente igual a otra aunque desde fuera lo parezcan. Si observamos una empresa el tiempo suficiente, empezamos a descubrir algo interesante. Desde el restaurante más pequeño hasta la mayor multinacional, cada organización desarrolla su propia personalidad operativa, su identidad. Su propio lenguaje interno y sus hábitos invisibles y sus excepciones. Sus decisiones aparentemente irracionales que, por alguna razón, terminan funcionando extraordinariamente bien. Todo lo que hace que una empresa sea precisamente esa empresa y que diferencia a unas de otras.

Y, sin embargo, durante veinte años el software ha tratado todas esas diferencias como un problema. Como fricción, como inconsistencia. Como algo que debía estandarizarse.

Estoy convencido de que esos pequeños detalles no eran ineficiencias. Porque representan precisamente la esencia operativa del negocio. Su forma particular de existir. Su artesanía interna. Su identidad.

Durante años, el software recompensó a las empresas que eran capaces de parecerse entre sí. Cuanto más se ajustaba tu negocio a los modelos genéricos del software empresarial, mejor funcionaba la tecnología para ti. Pero sospecho que estamos entrando en una etapa completamente distinta.

Por primera vez, el software empieza a ser capaz de entender matices. Aprender excepciones. Capturar patrones únicos y adaptarse a contextos específicos. Y eso significa que muchas de las cosas que antes impedían automatizar un negocio empiezan a convertirse en una ventaja. Lo que antes era fricción empieza a transformarse en identidad operacional.

No creo que estemos viendo el final del software as a service. De hecho, probablemente estamos a punto de vivir la mayor explosión de software que hemos conocido hasta ahora. Pero será un software radicalmente distinto.

Seguirá habiendo software genérico, universal, que encaje con muchos. Pero habrá más sitio para software más puro y cercano. Menos genérico. Menos universal. Menos diseñado para miles de empresas iguales. Y mucho más construido alrededor de las particularidades que hacen único a cada negocio.

Tal vez, por primera vez en la breve historia de la industria del software, la tecnología deje de pedirnos que cambiemos para adaptarnos a ella, y empiece a hacer exactamente lo contrario. Aprender cómo somos, entender cómo trabajamos y adaptarse a nuestra manera particular de operar.

En Autarqui.co llevamos tiempo pensando en esta transición. Creemos que el futuro no pasa por hacer que todas las empresas se parezcan más entre sí. Creemos exactamente lo contrario. Que la tecnología debe ayudar a cada organización a preservar aquello que la hace única, mientras la vuelve más productiva, más autónoma y más autosuficiente.

Durante demasiado tiempo el software nos obligó a aceptar compromisos. Quizá estamos entrando en la primera era tecnológica donde esos compromisos dejan, simplemente, de ser necesarios.