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La era del software personal

El boom del software a medida — segunda parte

Alex··6 min lectura

Y dale con la profecía. "DEP Ingenieros de software". Que media industria tecnológica echará el cierre porque construir software dejará de ser difícil. Lo anuncian, con cara de funeral y entusiasmo de feria, los mismos sepultureros de PowerPoint que cada cinco años entierran algo —el correo, la oficina, el dinero en metálico, la propia programación— y luego se quedan mirando el cadáver cuando se levanta y pide un cortado leche y leche. Pues me da que otra vez les va a tocar equivocarse.

El razonamiento, hay que reconocerlo, tiene una elegancia tramposa. Si fabricar software se abarata, harán falta menos manos para fabricarlo. Encima, si la IA hace todo el proceso, tú me dirás. Claudio, hoy me levanté algo vago, hazme una app que me haga la cama y me lave los dientes. Boom, hecho. De cajón.

Salvo por un detalle incómodo: cada vez que se le preguntó esto mismo a la historia de la tecnología, esta respondió justo lo contrario.

Pónganse en 1865. Un economista inglés llamado William Stanley Jevons, publica un libro con título de novela de catástrofes —La cuestión del carbón— y dentro mete una observación que dejó a todos rascándose la cabeza. Las máquinas de vapor de James Watt quemaban el carbón muchísimo mejor que los viejos armatostes de Newcomen: más trabajo por cada palada. Lo razonable era que Inglaterra gastara menos carbón. Pero gastó muchísimo más.

¿Por qué? te estarás preguntando. Porque al abaratar el carbón útil, el vapor se coló donde antes no cabía. En más fábricas, más barcos, más trenes, más minas, mil sitios donde hasta entonces no salía a cuenta. Cada mejora de eficiencia no apagó la demanda: la encendió. A este fenómeno lo llamamos hoy la paradoja de Jevons, y lleva siglo y medio cumpliéndose con una puntualidad que da hasta miedo.

Creo que con el software va a pasar lo mismo. Llevábamos décadas tratándolo como Inglaterra trataba el carbón antes de Watt: caro, pesado, racionado. Levantar un sistema pedía equipos grandes, meses por delante y una fortuna. Y lo que cuesta una fortuna se reutiliza hasta la extenuación; ya conté en la primera parte cómo nos serraron a todos para que cupiéramos en la misma cama de hierro. No hace falta repetirlo.

Lo nuevo es que la IA está haciéndole al software lo que Watt le hizo al vapor: lo abarata. Y la conclusión de los profetas —menos software, menos gente— es, palabra por palabra, la que Jevons desmontó hace siglo y medio. Pero yo creo que no habrá menos software. Habrá una marea. Un Tsunami. La demanda no se va a encoger: se va a desbordar por todos los huecos donde hasta ayer no salía a cuenta escribir una sola línea.

Y ahí está lo interesante, la pregunta que de verdad importa: ¿qué se construye cuando construir es barato? No más de lo mismo. Lo contrario. El carbón barato no nos dio una máquina de vapor gigante para todos; nos dio mil máquinas pequeñas, una para cada taller. El software barato no va a parir un SaaS todavía más grande y más genérico. Va a darnos lo que nunca pudimos permitirnos: software a la medida de cada uno.

De una empresa. De un equipo. De una sola persona. Software escrito para el caso concreto, para la manía concreta, para ese flujo que solo existe en esta cabeza y en ninguna otra. Lo que antes no salía a cuenta picar, ahora se pica en una tarde.

A eso me refiero con la era del software personal. Personal como lo fue el ordenador personal, y el eco no es casualidad: aquello sacó la computación del sótano refrigerado de cuatro corporaciones y la puso encima de la mesa de cualquiera. Esto hará lo mismo, pero con el acto de programar. El software deja de ser un producto que se compra hecho y pasa a ser algo que se teje a tu alrededor. Como un traje. Como una costumbre. Hoy día te puedes comprar una máquina de coser y con un par de nociones te haces un traje. Que te puede servir, pero no acaba con el sastre, ni con la textil. Todo lo contrario. Creo que pillas por donde voy.

Así que no, no se preparen para un mundo con menos software y menos gente haciéndolo. Prepárense para el contrario: para más software del que nadie vio jamás, más software pequeño, cercano, cosido a medida. Los profetas del fin volverán a quedar en evidencia, como cada lustro. Jevons ya lo sabía en 1865: abaratar una herramienta no apaga el fuego. Lo aviva.